Nuestra visita es corta, ya que debe asistir a la tradicional concentración, con motivo del 8 de marzo, en el Memorial de Mujeres Baserritarras situado en Zizurkil. Pero en una pequeña charla Mari Carmen nos ha dejado muchas reflexiones: hablamos, entre otras cosas, de la conexión con la tierra o del papel que han tenido y tienen las mujeres en el caserío.
¿Dónde tuviste tu primer contacto con la tierra?
Nací en el caserío Argindegi de Hernani, y junto a mi hermano tuve que hacer las tareas del caserío desde pequeña: trabajos de campo, de cocina, manualidades, costura… Aprendí a producir lo que necesitábamos para casa: maíz, hortalizas, alubia, leche, sidra… Después de cargar el burro, íbamos cada día al mercado de los soportales de la plaza de Hernani. Ese era el medio de obtener el jornal diario que mantenía a la familia.
Te casaste con un irurarra y seguiste ligada a la tierra.
Mi marido obtuvo el caserío por mayorazgo, y a los 22 años tuvimos que sacarlo adelante. Encontré un lugar adecuado en Irura. Además de terrenos, teníamos 10 vacas: en aquella época eran suficientes para poder vivir de ello; hoy en día quizá se necesitan unas 100 para ser rentables.
¿Cómo sacasteis adelante el trabajo del caserío?
Mi marido –Ramón Iturbe– trabajaba y yo le ayudaba. Las hermanas de Ramón se encargaban de hacer las tareas domésticas mientras vivían en el caserío. En cambio, cuando nos quedamos solos los dos, tuvimos que hacer frente también a esos trabajos y educar a nuestros cinco hijos e hijas.
Embarazo y cuidados. ¿Cómo os arreglabais con los trabajos del caserío?
Compaginar maternidad y caserío no es fácil. En los casos en que estaba embarazada, estuve ayudando a mi marido hasta que pude; cuando tuve que quedarme en casa, él se encargó de todo el trabajo y al mismo tiempo me ayudaba a mí. Tuve que compaginar la maternidad, por ejemplo, con la venta de leche. El día anterior tenía que dejarlo todo preparado para poder hacerlo todo. En esa época también recibimos mucha ayuda de cuñadas y suegras. Gracias a todas estas ayudas conseguimos mantener, además del trabajo del caserío, nuestras labores de ir al mercado y la venta a domicilio. Sin embargo, muchos creen que el caserío y los avances no coinciden, yo siempre digo que aquí también me parece necesario hacer avances como en las casas de la calle. Por eso, en la educación de nuestros hijos y en las tareas domésticas participábamos mi marido y yo.
El trabajo en el caserío se ha relacionado muchas veces con los hombres, pero las mujeres siempre han estado ahí.
A pesar de que los hombres han sido los encargados de los trabajos más duros, las mujeres también lo hacían. La sega, por ejemplo, muchas mujeres lo practicaban a escondidas. Hoy la mujer ha salido a la plaza, a diferencia de lo que ocurrió en su día. Y me alegro de que se haya dado ese paso adelante. Con el mercado también ha ocurrido algo parecido. Se han visto más mujeres que hombres en los puestos, ya que se quedaban trabajando en el caserío. Hoy en día ya no ocurre eso, es algo compartido.
Los cargos también han sido generalmente masculinos, pero fuiste presidenta de la Asociación de la Alubia.
Por 18 años, sí. Desde que se creó la asociación hemos estado dos o tres mujeres, pero es cierto que la mayoría han sido hombres. Hoy está más equilibrada. La verdad es que creo que he sido bien vista, siempre me han respetado, y no me han puesto obstáculos. También tuve ocasión de soltarme, porque tuve que acostumbrarme a hablar delante del público.
Hablemos de la alubia y de su evolución. Fuiste una de las fundadoras de la asociación. ¿Por qué una asociación para la alubia?
En los caseríos la alubia era un alimento básico y una fuente de ingresos. Pero llegó una época que se puso muy barata y era muy difícil obtener ganancias. El Ayuntamiento de Tolosa quiso darle un impulso, trabajando la calidad de la alubia y uniendo a quienes la producían. Personalmente, me pilló en el momento idóneo: mi marido se quedó sin trabajo y cuando se construyó la N-1 en Irura nos quitaron varios terrenos. La creación de la asociación nos abrió un camino para seguir adelante con el caserío y entré contenta. Nos dio la oportunidad de trabajar en equipo, algo que hasta entonces hacíamos por separado.
Empezasteis a vender la alubia en saquitos. ¿Por qué hicisteis eso?
A propuesta de la cofradía, fuimos los primeros en vender alubias en saquitos en el Mercado. La gente se sorprendió, pero tuvo una buena acogida. Fue una forma de proteger el producto porque no se tocaba directamente, y a la gente eso le gustó. Las ventas también aumentaron.
También apostasteis por la diferenciación.
Como había mucha alubia, teníamos que hacerlo. Y la calidad es el mejor distintivo. Se realizó un proceso exhaustivo para conseguir la alubia de mejor aspecto y calidad. Íbamos a San Sebastián, a Beterri, a Bilbao… a ferias de muchos sitios, y la gente se dio cuenta de que la alubia envuelta en los sacos era la que tenía calidad, se identificó con eso.
Más de dos décadas en la asociación, ¿cómo ha evolucionado durante este tiempo?
Fuimos una veintena de productores y productoras las que fundamos la asociación. Hoy son unas 50 personas. La evolución, por tanto, es positiva. Pero la mayoría somos mayores, hay poca gente joven. Y por eso el futuro me asusta.
Hablando del futuro, ¿cómo ves la evolución del Mercado?
Poco a poco las ferias se debilitan y disminuyen en número. Las ventas también van bajando. La gente mira más los supermercados. En Tolosa todavía se mantiene bien porque también se acerca gente de pueblos cercanos. Pero sospecho que no se atiende tanto a la calidad. Los productos de la feria son elaborados con el mínimo de insecticidas, pero no sé hasta qué punto la gente aprecia eso.
También está costando dar un cambio generacional.
También está disminuyendo el número de jóvenes, en ferias y caseríos, sí.
¿Querrías este oficio para tus hijos?
Debo admitir que sería muy difícil. En los caseríos las cosas están cada vez más apretadas, es difícil conseguir rentabilidad. Las cosas se venden a precios de hace 30 años y los intermediarios se llevan gran parte de las ganancias. La jubilación también es bastante baja. Es una pena. Siempre hay jóvenes que quieren empezar, pero se les hace difícil. No sé si lo recomendaría. Me da pena, porque siempre he sido baserritarra y me gusta este mundo. Pero creo que en estos momentos es algo más vocacional. Lo hace quien realmente le apasiona. ¡Y al que lo hace le felicito!
¿Alguna vez has sentido ganas de dejarlo?
No, ni una sola vez. Siempre me ha gustado. La tierra y el caserío son sagrados para mí. A pesar de que no sea una vida fácil, desde pequeña me he educado así, y ese es mi estilo de vida.
¿Qué han sido para ti la tierra y el caserío?
Me han dado alegría de vivir y libertad.